miércoles 22 de abril de 2009

El hombre y el bosque

Miguel Herrero Uceda

Doctor Ingeniero. Divulgador científico y autor del libro “El alma de los árboles”

Existen muchos caminos para acercarnos a la comprensión de la naturaleza vegetal en toda su complejidad y diversidad. Uno de ellos consiste en realizar una mirada introspectiva, analizando el reflejo que provocan nuestros sentidos en nosotros mismos. Así, nos encontramos con dos visiones opuestas: el jardín, recuerdo de aquel paraíso perdido, construido a la medida del hombre, y el enigmático bosque sagrado, morada de los dioses. La naturaleza dominada y la indómita, con sus misterios y peligros. Siguiendo el análisis de Carl Gustav Jung, corresponden a dos parcelas de la mente humana. El soleado jardín del consciente, donde todo parece estar en su sitio y la oscuridad de la jungla del subconsciente, lleno de incógnitas y pánicos. Estas dos visiones contrapuestas de la naturaleza han acompañado y moldeado al hombre en todo su pensamiento y creencias, incluso antes de ser propiamente humano.


Según indican los paleontólogos, unos cambios climáticos ocurridos hace catorce millones de años redujeron considerablemente las zonas boscosas, obligando a nuestros ancestros a enfrentarse al duro dilema de permanecer o emigrar. Los más fuertes se aferraron a lo que quedaba de bosque y los menos dotados físicamente, o quizás los más curiosos, buscaron nueva morada. Podría decirse que fueron, en un sentido bíblico, expulsados del paraíso y condenados a ganarse el pan con el sudor de su frente, vagando por una tierra estéril y hostil. Nuestros antecesores tuvieron que competir con animales más adaptados. La supervivencia dependía de la astucia, por lo que dio comienzo el proceso de hominización, aumentando el tamaño del cerebro, transformación que sorprendentemente también el Génesis lo refleja como la maldición hecha a la mujer: parirás con dolor. Algo que apenas ocurría entre los prehomínidos.

El hombre primitivo permanece intrigado por lo que acontece a su alrededor, encontrando en cada fenómeno que observa la expresión de una fuerza, o un espíritu extracorpóreo, que le empuja hacia una concepción animista. Los árboles adquieren un papel sagrado al hacerse intermediario entre los hombres y las deidades del firmamento, entre la tierra, en la que hunde sus raíces y el cielo que descansa en sus ramas. Los grupos humanos de cazadores y recolectores de frutos silvestres, van captando la esencia del ciclo natural que despierta cada primavera y esto les confiere un poder tal que por primera vez en la tierra existe una especie que puede controlar y prever el comportamiento de la naturaleza. Estamos ante la revolución neolítica: aparece la agricultura y con ella los excedentes de producción, que son el detonante que impulsa al hombre hacia la historia. El aprovechamiento y la usurpación de esos excedentes transforman la organización tribal trashumante en una sociedad organizada y sedentaria con unas relaciones jerárquicas mucho más complejas. Surgen así las primeras sociedades urbanas, de las que encontramos ejemplos en el llamado creciente fértil hace cinco mil años.

Estos núcleos urbanos empiezan a rivalizar con sus vecinos, generalmente de forma poco amistosa, dando lugar a invasiones y a la formación de los grandes imperios agrícolas de la antigüedad. La rueda de la historia ha empezado a girar con sus ciclos de guerras y destrucciones. Todas estas profundas transformaciones sociales provocan una evolución en el pensamiento religioso. Se pasa del culto basado en el azar del cazador a la elaboración de complicados mitos que explican la constitución del cosmos a partir de unas jerarquías de dioses, creados a imagen y semejanza de la nueva sociedad, como justificación divina del orden establecido. La base de la riqueza de estos pueblos estaba en la agricultura, por lo que los ritos de fecundidad de la tierra forman uno de los grandes pilares de estas religiones arcaicas. En todas ellas hay una diosa madre que es a la vez diosa de la fertilidad: Isis para los egipcios, Ishtar entre los asiriobabilónios, Astarté para los fenicios, Gea, Rea, Hera, Deméter en las mitología griegas, Siduri para los persas, Kali en India y la diosa Luna, considerada la Primera Madre, en el mundo maya.

A partir del siglo VII a.C. en Grecia se vive una profunda transformación. Aparece una nueva fuente de riqueza: el comercio. La sociedad aristocrática, agrícola y guerrera se abre con el influjo de nuevos conocimientos y contactos con otras civilizaciones. Así, poco a poco se va formando lo que conocemos como Grecia clásica, donde el poder político está repartido entre los hombres libres. Surgen las figuras de los grandes pensadores que intentan explicar la realidad basándose exclusivamente en el razonamiento, sin recurrir a los solícitos mitos de antaño. Coexisten diversas escuelas con planteamientos distintos de los que quizás el más conocido sea la teoría de los cuatro elementos de Empédocles, avalada por Platón y Aristóteles. El ciclo de la naturaleza no es ajeno a estos elementos: el nacimiento en la tierra, la vitalidad del agua en la juventud, el aire en las copas de los árboles maduros y la muerte ritual del fuego, dando comienzo a un nuevo ciclo en el bosque.

Finalmente, la dorada Hélade será presa de la codicia de emperadores. El nuevo orden ya no tiene en cuenta la opinión de los ciudadanos y desconfía de los filósofos. En el otro extremo del Mediterráneo, España comienza su romanización. La frase atribuida a Estrabón – una ardilla podía ir de Gibraltar a los Pirineos, saltando de rama en rama – nunca más se podrá cumplir. Materia y madera tienen la misma raíz semántica, los romanos precisan grandes suministros de madera para todas sus construcciones, en especial para las fortificaciones militares. Los bosques pagan un alto tributo del que jamás se repondrán. La pérdida de paisajes es una de las mayores desgracias que una comunidad puede sufrir. Quizás quienes mejor lo saben son las culturas que más contacto tienen con el medio natural.
El día que ya no queden suficientes bosques, el cielo caerá sobre nosotros

(Mito Kamayura, Alto Xingú, Amazonas, 2000 a.C.)

Tras la crisis económica del siglo III, el mundo romano se ruraliza y se inicia el declive que desemboca en la Edad Media. Se establece una jerarquía de dominio; en la cima se sitúa a Dios, después los hombres, le siguen los animales, los vegetales y abajo los minerales. Basado en esta idea era ocioso preocuparse por cualquier cosa excepto Dios. Durante un milenio permanece esta concepción. Se necesitó que aparecieran pensadores como Galileo para abrir una brecha en el muro del pensamiento, lo que provocó su enfrentamiento con la Iglesia y la tradición escolástica por defender una verdad que la naturaleza constata frente a la asumida por las férreas instituciones. Este científico sufriría en sus propias carnes la crueldad, la intransigencia y el fanatismo de la Inquisición. Con él se inicia un nuevo período: el hombre del Renacimiento ama a la naturaleza y sale del oscurantismo del Valle de Lágrimas.

Hasta el siglo XVIII, la sociedad cambia poco. El agricultor, el verdadero sostén de todo el edificio social, tiene que luchar contra la naturaleza hostil para mitigar el hambre. Durante el llamado Siglo de las Luces, las ciencias y las técnicas evolucionan, aumenta la demanda de madera, en especial para la industria naval. Los bosques reservados para la armada tienen regularizaciones para evitar su desaparición a corto plazo. Pero no todas las arboledas gozaron de esta protección.

Gracias a los avances técnicos, Inglaterra se prepara para acometer una transformación que va a cambiar irreversiblemente la forma de vida del ser humano: la Revolución Industrial. Comienza la espiral de necesidad creciente de energía; en un primer momento se emplea carbón vegetal, que ejerce una gran presión sobre los bosques de la isla, hasta que se comienza a utilizar el carbón mineral. Esta fuente fósil de energía permitirá a los árboles liberarse en parte de su servidumbre, pero a costa de una nueva agresión al medio natural: la contaminación.

Sólo cuando hayáis talado el último árbol, envenenado el último río, capturado el último pez, comprobaréis que el dinero no se puede comer.

(Profecía de los indios Cree, Canadá)

Ahora, en el albor del tercer milenio, cuando no sólo hemos explorado los más recónditos rincones de las más intrincadas junglas, sino que corremos el riesgo de perderlas, parece haber llegado el momento de pararse y reflexionar. Nuestro potencial destructivo es inmenso. Ya no estamos ante una naturaleza que nos determina, sino que la balanza se ha invertido y nos dedicamos a sobreexplotarla.

¿Por qué te hieren si regalas sombras?
¿Por qué te secan si derramas savia?
¿Ingratitud tanta a nadie asombra?
¿Asesinos son o moran en Babia?
A estos que te matan, fuego les diste,

tus dulces frutos sus mesas colmaron,
a sus ojos boscajes ofreciste,
y por pago tu tronco cercenaron.

(Antonio Herrero Alvarado, A un árbol)

Nos comportamos como si toda la vida del planeta perteneciera a nuestra generación y con ella se extinguiera. Pero el desarrollo sostenible es posible. Conocer y respetar el medio ambiente, evitando el despilfarro y la ganancia rápida, deben ser las bases de una sabia administración de los recursos naturales disponibles, que todavía siguen siendo grandes.

Cuando plantamos árboles,
plantamos semillas para la paz y la esperanza.

(Wangari Maathai)

Si la curiosidad nos expulsó del mítico jardín del Edén, ahora tenemos la oportunidad de recobrarlo mediante la propia curiosidad, origen de todo saber. Adentrémonos en el conocimiento del alma de los árboles. El futuro depende de nuestra propia madurez para conservarlos y protegerlos. Demostremos que no somos un fracaso como especie, sino que somos dignos habitantes de este gran, bello y frágil planeta.